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Jose Maria Candela Guillen

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A la escultura”Opus Diaboli”

He de reconocer que la primera vez que vi esta obra, una sensación de sobrecogimiento se apoderó de mi cuerpo. Desde luego, si el objetivo del artista era sorprenderme, lo consiguió con creces. Uno esperaba quizás un conjunto de hierros retorcidos con ínfulas de Moore o Chillida, pero no. Ante mí se alzaba una instalación cinética de precisa ingeniería en hierro y materiales reciclados de tres metros de altura, que representaba un macho cabrío crucificado de cuyas manos en herida abierta manaba lo que parecía ser sangre. Grandes altavoces escupían una melodía death metal y, en un momento dado, y como coronando la representación, de la parte superior surgía una llamarada de fuego que dotaba de un pathos más dramático si cabe al conjunto. Opus diaboli fue concebida como un homenaje al realizador mexicano Guillermo del Toro en el Festival de Cine Fantástico de Sitges de 2007. Obra del diablo, opus diaboli.

En esta obra que casi raya en lo sacrílego, Víktor Ferrando nos muestra un compendio de su particular cosmovisión como artista: una patente filia hacia el goticismo y un sentido del espectáculo que no le ha abandonado hasta ahora. A Ferrando nadie puede discutirle la audacia con la que enfrenta la búsqueda de su lenguaje artístico, por completo ajeno al devenir de las corrientes estéticas y las modas del posmodernismo. Un territorio en el que se siente cómodo, integrado por su entusiasmo por la mitología, de la que da buena cuenta en la mayoría de sus títulos, y una técnica que domina con una prodigalidad de herrero menestral. El movimiento gótico surgido en los 70 se propuso rescatar, sobre las ruinas de los valores formales constituidos como cultura oficial, la perspectiva dicotómica de la Edad Media: lo bueno y lo malo, la vida y la muerte, sobre los que planeaba omnímodamente la religión y sus símbolos. Víktor Ferrando recoge en esta obra algunos de los elementos de esa corriente filosóficoestético- musical y los plasma con una clara vocación de sorprender. Pero también como una forma de reflexión sobre la naturaleza de la iconoclastia, la validez de las categorías estéticas o la superación de las imágenes sacralizadas por el canon occidental. Ferrando bebe de la literatura, el cine y el cómic de ciencia ficción y de terror, sus formas tienen un cierto eco de las obras escultóricas de Gaudí y también, aunque de manera quizás más sutil, del surrealismo, a lo que une un gusto por las representaciones modernas del bestiario que, particularmente en esta obra, supone la sublimación estética de lo tradicionalmente considerado como grotesco y aterrador.

Lo siniestro, como apunta Eugenio Trías en Lo bello y lo siniestro, constituye condición y límite de lo bello. Aquí, sin embargo, Ferrando se atreve a cruzar esa sutil línea y revela lo que de suyo provoca espanto: aquí no hay vísceras, no hay amputaciones, no hay canibalismo, pero la visión del diablo crucificado supone una provocación, un pánico irracional que acerca el psicoanálisis freudiano al ámbito de la estética. Exponer lo que no debemos ver es una trasgresión y una confrontación. Así, la perversión del código simbólico pone del revés dos mil años de iconografía cristiana y de paso dos mil años de historia del arte. El que aparece crucificado es el diablo, no Cristo. Quizás sin pretenderlo, es esa inversión de los términos de lo bueno/malo lo que constituye la boutade de Ferrando.

La pulsión de lo macabro domina por completo esta escultura. Ferrando se detiene en lo sombrío, en lo satánico, explora en las tinieblas de la razón y se recrea con los aspectos más tétricos relacionados con la muerte. Uno escucha o lee el origen de las diferentes partes constitutivas de la escultura, y no puede por menos que expresar un profundo vértigo, una caída a los precipicios de la locura: el travesaño de la cruz está formado por las ballestas de un autobús accidentado en los años 60 en el que perecieron todos sus viajeros; el cráneo humano lo encontró el escultor en una playa danesa; la sangre que mana de los miembros del crucificado contiene aceite del cárter de automóviles que también sufrieron accidentes con resultado mortal para sus ocupantes. Víktor Ferrando consigue con Opus diaboli desestabilizar los mecanismos de nuestra razón. Esa presencia nos acecha y nos amenaza, nos inquieta, como si ese ser maléfico se colocara ante el hombre, alejado ya de toda Providencia divina, y lo desafiara a combatir contra sus propias aprensiones

Jose Maria Candela Guillen
Conservador del museo etnologico de Valencia

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